CUARTO DOMINGO DE CUARESMA ¡Domingo Laetare!
“Alégrate, Jerusalén!”, así hemos comenzado la celebración eucarística de este Domingo, recordatorio en este desierto cuaresmal de la cercanía de la Pascua y el triunfo de Cristo sobre el pecado y la muerte. Todas las oraciones nos invitan a la alegría, todavía contenida.
Hoy seguimos adelante por el camino de la Cuaresma con Jesús, y encontramos la luz. Jesucristo nos abre los ojos para descubrirle cerca de nosotros. Es esa luz que nos ayuda a ver las cosas como el mismo Dios las ve.
Samuel aprendió a ver con la mirada de Dios, después de mirar a los siete hijos de Jesé. Dios no mira las apariencias. Lamentablemente, nosotros nos quedamos muchas veces en las apariencias, en la superficie, hacemos juicios precipitados, hasta temerarios, sobre las personas. Sin embargo, la mirada de Dios penetra el corazón y nos conoce tal como somos.
El ciego del Evangelio es otro caso paradigmático. Para la sociedad era un pecador (o él o sus antepasados) y por eso estaba enfermo, inhábil e incapaz de cualquier cosa positiva. Jesús, sin embargo, se fija en él, lo llama, lo elige, lo cura y le da una misión. Recuperando la visión física, poco a poco, reconoce a Jesús, se le abren los ojos del alma. Este antiguo ciego habla de Jesús a sus paisanos, que dudan de si es el mismo que conocían, después ante los fariseos, que acusan a Jesús de curar en sábado y no aprecian lo más importante: el signo. El que era ciego acaba convirtiéndose en discípulo de Jesús, y por eso es excomulgado de la sinagoga… Pero él confesará su fe ante Jesús: “creo, Señor”.
Este tiempo de Cuaresma es una exhortación a “caminar como hijos de la Luz, buscando lo que agrada al Señor”, como nos ha dicho San Pablo. Jesús es la Luz que nos ayuda a verlo a Él en medio de nosotros, y a vernos a nosotros mismos, reconociéndonos como discípulos-misioneros, como testigos de lo que Dios ha hecho en nosotros. Nuestra misión es ser luz del mundo.
En este Domingo se nos invita a la conversión, a abrir los ojos para sanarnos de prejuicios, a un cambio de actitud y mentalidad, a ver la vida como Dios la ve.
Debemos caminar como hijos de la luz y dar frutos de bondad, justicia y verdad, repitiendo con convicción: creo, Señor!

