Celebramos el Domingo de la Santísima Trinidad.
Siempre nos viene bien preguntarnos Quién es nuestro Dios, y cómo es el Dios en el que yo creo. Una repuesta que tenemos que ir actualizando, a medida que crecemos en la fe, conforme nos hacemos adultos en años y en fe. Dios es un misterio insondable, si lo comprendiéramos todo, o Dios no sería Dios o bien nosotros seríamos Dios.
La Trinidad es un concepto teológico que trata de expresar la vida interna de Dios, su misterio más íntimo, es decir qué es Dios para sí mismo. Ahora bien, ¿qué significa misterio? Misterio en teología no es lo desconocido, incognoscible o inexplicable. Misterio es lo que tiene tal cantidad de contenido que, por mucho que expliquemos, no logramos explicar.
El Misterio de la Santísima Trinidad nos habla de un Dios Trino, de un Dios familia y comunidad. Cuando expresamos que Dios es Padre implica que todos nosotros somos sus hijos. En un mundo tan inseguro saber que Dios es Padre es una buena noticia. Dios es Hijo, y por tanto es hermano nuestro, lo que significa cercanía, ayuda y amistad. Dios es Espíritu, es como el desbordamiento de Dios, el Amor hecho don y abrazo. Es el Dios que se derrama sobre nosotros y nos llena de su fuerza, de su alegría, de su santidad.
Que mi Señor vaya con nosotros, aunque éste es un pueblo de dura cerviz. Esta súplica que, prosternado en tierra, hizo Moisés a Dios, deberíamos hacerla nosotros todos los días. Somos personas de cerviz dura, que rompemos una y otra vez las tablas de la ley del amor a Dios y al prójimo. Sabemos que nuestro Dios es un Dios compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia y lealtad. Es seguro que Él nos va a perdonar siempre.
Dios no mandó su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él. La vida y la muerte de Cristo son producto y expresión de su amor al Padre y al hombre. Cristo no murió para salvarse a sí mismo, sino para que nosotros fuéramos salvados por Él. Dios Padre no envió su Hijo al mundo para condenarnos por nuestros pecados, sino para salvarnos de nuestros pecados. La vida de Cristo es un regalo de amor que nos hace nuestro Padre, Dios, para enseñarnos el auténtico Camino para llegar hasta Él, la auténtica Verdad que nos haga libres y la auténtica Vida que sacie nuestras ansias de felicidad e inmortalidad.
Así nuestra vida, la vida de cada uno de nosotros, debe ser un regalo de amor que nosotros hagamos a los demás, no, principalmente, para denunciar y condenar sus pecados, sino para ayudarles a librarse del pecado y a encontrar la salvación.
Tenemos un guía interior para este conocimiento: es el Espíritu de Dios. Él nos conducirá a la verdad completa de Jesús. Él nos guiará así a la verdad plena, aunque inabarcable, de Dios. Porque el Espíritu es el que sondea las profundidades de Dios; porque el Espíritu es el que, como una madre y como un pedagogo, nos conduce a la verdad completa. Él nos lleva por el camino del conocimiento y de la confianza. Para eso ha sido derramado en nuestros corazones. Para enseñarnos a mirar a Jesús y ver al Padre; para enseñarnos a acercarnos llenos de confianza al Padre.
Ciertamente, Dios, Uno y Trino, es un misterio, pero un misterio que no lo es tanto en orden a nuestra salvación. Lo que debemos saber, lo sabemos. Con este conocimiento podemos entrar por el amor en comunión con el Dios Trinidad.

