DOMINGO II DEL TIEMPO PER ANNUM.
Seguimos este Domingo con el Evangelio de San Juan para profundizar en la tercera Epifanía del Señor, que es su bautismo.
Juan le da a Jesús un solemne y misterioso título: “Ese es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”. El cordero era una imagen familiar para una sociedad agropecuaria como la judía de aquel tiempo. También porque Isaías había presentado al Siervo de Dios como un manso cordero listo para el sacrificio (Is.53,7).
Era, además, el animal sacrificado en la Pascua (Ex.12, 1ss). De este modo, anunciando al Mesías como el Cordero de Dios, el Bautista revelaba aspectos esenciales de su misión redentora: este Hombre sería inmolado a medio día en la cruz por todos los hombres, para liberarlos del pecado con su sangre derramada. Es necesario contemplar a Jesús desde la fe, y no sólo como hombre excepcional.
Dios mismo nos da ojos nuevos para poder ver en Jesucristo al Dios vivo, al Salvador, al que viene a librarnos del mal, del miedo, del pecado y de la muerte.
Debemos preguntarnos, qué significa para la Iglesia, para nosotros, hoy, ser discípulos de Jesús, el Cordero de Dios? Pues significa poner la bondad sobre la maldad, la caridad fraterna sobre el egoísmo, la humildad sobre la prepotencia.
El Tiempo ordinario para el año pretende empujarnos a convertirnos en discípulos de ese “Cordero”, de Jesús; y sin prejuicios, cuestionarnos ¿quién es Él, cómo es Él? Hoy día nos cuesta caer en la cuenta de lo que tenemos delante, porque hay muchas luces que nos impiden ver la Luz verdadera que es Cristo.
Realmente, Dios nos bendice:
+) podemos tenerlo en nuestra vida, entrar en comunión con Él. Nos permite dejar atrás el pecado que nos separó de Él.
+) somos miembros de su Pueblo: no estamos solos en el camino. Estamos llamados a ser apóstoles de Jesucristo, a anunciar a todos los hombres que vivir en cristiano merece la pena.
+) la elección de Dios es para siempre. Cada día podemos percibir gestos de esperanza. Es la seguridad de sentirse amado por Dios para siempre.

