Aproximadamente un tercio del Evangelio está ocupado por las curaciones obradas por Jesús. Estos milagros nunca los realiza para sorprender a los asistentes ni para buscar un aplauso. Jesús obra milagros en primer lugar, por compasión a los que sufren y a los necesitados; en segundo lugar, para verificar su Anuncio, para ayudar a creer a los circundantes. En definitiva, para anunciar que Dios es el Dios de la vida y de la alegría.

No sólo Jesús cura, sino que ordena a sus apóstoles hacer lo mismo. Siempre encontramos en la misión las cosas juntas: “proclamad el Evangelio y curad a los enfermos”. El hombre tiene dos medios para intentar superar sus enfermedades: la naturaleza y la gracia. Naturaleza indica la inteligencia, la ciencia, la medicina, la técnica…; gracia indica el recurso directo a Dios, a través de la fe, los sacramentos y la oración. Estos últimos son los medios que la comunidad cristiana tiene a disposición para “curar a los enfermos”. Como se puede observar, son dos medios, los de la ciencia y la fe, complementarios, y nunca excluyentes. Nunca el Evangelio podrá ser anunciado legítimamente sin la práctica de la caridad y el compromiso por la mejora y el progreso del bienestar humano.

Pero debemos plantearnos otra cuestión: ¿Qué pensar de quien, a pesar de todo, no sana?, que no tiene fe o ¿ que Dios no le ama? No es así. El poder de Dios no se manifiesta sólo de un modo -eliminando el mal, curando físicamente-, sino también dando la capacidad y, a veces, hasta la alegría de llevar la propia cruz con Cristo. El Señor ha redimido también el sufrimiento y la muerte. Esto ya no es signo de pecado, de castigo o de rechazo por parte de Dios, sino que es instrumento de redención y Vida.

Hoy concluye la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos, este año con el lema: “Un solo Espíritu, una sola Esperanza” (cf. Ef 4,4). Sabemos que Cristo es único e indivisible. San Pablo exhorta a “poneos de acuerdo y no andéis divididos. Estad bien unidos en un mismo pensar y sentir” (1Cor 1,10).

También San Juan ha transmitido la oración de Jesús: “Qué todos sean uno, como Tú, Padre, estás en Mí y Yo en Ti” (Jn 17,21). Son palabras que se dirigen particularmente a nosotros el día que termina este Octavario de Oración. Nuestro ideal irrenunciable es el de formar todos los cristianos unidos el único Cuerpo de Cristo, “para que el mundo crea que Tú me has enviado” (Jn 17, 21).