DOMINGO IV DEL TIEMPO PER ANNUM. Las bienaventuranzas
El Evangelio de hoy presenta el primer gran discurso de Jesús a la gente: “se sentó… y les enseñaba”. Jesús es el “nuevo Moisés» que hace una superación de los Mandamientos como referentes de la perfección. Proclama bienaventurados, dichosos, felices a:
- los pobres de espíritu, es decir los que por obra del Espíritu Santo se hacen pobres voluntariamente.
- los que lloran, no por causa de los males de este mundo, sino por los pecados y maldades propias y ajenas.
- los misericordiosos, no sólo la misericordia que se practica por medio de limosna, sino también la que perdona y ayuda al hermano pecador.
- los que tienen hambre y sed de justicia, es decir los que tienen hambre de las obras de justicia.
- los limpios de corazón. Como Dios es “limpio”, sólo puede ser conocido por el que es limpio de corazón.
- los pacíficos, los que trabajan por la paz. Son bienaventurados, primero porque tienen paz en su corazón, después porque procuran inculcarla en su ambiente, en el conflicto.
- por causa de la justicia, es decir porque ellos son justos y esa actitud choca frontalmente con los valores de este mundo.
- y a los perseguidos por su fidelidad a Jesús, es decir los mártires, se les prepara un premio en el Reino de los cielos.
Las bienaventuranzas son un nuevo paradigma, que tiene su modelo más perfecto en Jesucristo, son la transposición de la Cruz y la Resurrección a la existencia del discípulo. Reflejan la vida del Hijo de Dios, que es el auténtico “bienaventurado”, pues “Dios ha escogido lo débil del mundo para humillar lo poderoso; ha escogido lo que no cuenta, para anular a lo que cuenta”.
Si la vida del cristiano ha de ser un reflejo de la vida del Señor, el espíritu de las bienaventuranzas ha de ser el proyecto imparangonable e irrenunciable de toda la existencia. El premio: el Reino de los Cielos en el siglo futuro y la consolación aquí, la plenitud de todo bien y misericordia de parte de Dios.

