DOMINGO DE LA OCTAVA DE NAVIDAD, FIESTA DE LA SAGRADA FAMILIA
En este Domingo de la Octava de Navidad, contemplamos a la Santa Familia de Jesús, María y José. No sólo contemplamos al Niño Jesús en Belén, sino también a sus padres. La Encarnación se realiza en una familia, en las que a Madre y padre les corresponden unas funciones “familiares” y están llamados a cuidar y educar al Niño.
Esta Familia humana del Hijo de Dios es Sagrada, no porque sea “rara”, sino porque el amor es siempre algo “sagrado”, ya que “Dios es amor”. Esa Familia Santa está consagrada totalmente al servicio de la voluntad del Padre. Serán caminos misteriosos, inesperados, sorprendentes… Así, cuando han recibido la adoración y el reconocimiento de los Magos, deben ponerse en camino de inmediato, pues el Niño, el Mesías adorado por pastores y sabios, corre peligro de muerte.
Es algo desconcertante y difícil de comprender que el Rey del Universo tuviera que esconderse, huir por caminos extraños y peligrosos, al fin convertirse en inmigrante. La fe de María y José no vacila y se disponen a llevar a cabo lo que Dios manda. Inmigrantes en un país extraño y hostil. Y cuando ya están instalados en aquella sociedad, al cabo de los años, de nuevo regresar a Israel, esta vez a Nazaret. Y allí, una vida oculta, con trabajos y dificultades, como cualquier otra familia.
Estos acontecimientos que marcan la vida familiar de Jesús, María y José, nos introducen en la consideración de la familia como plan de Dios para el hombre. Merece nuestro respeto, paciencia y consideración.
También esta fiesta nos induce a cultivar la vida familiar desde la positividad: la familia ha de ser una escuela de afectos, de valores perdurables, de amor sacrificado y entregado. Hay que huir de la indiferencia en la vida en familia. Es necesario cuidar hasta los detalles más irrelevantes, pero que marcan el ambiente: el saludo afectuoso, la sonrisa tierna, la acogida cordial, la solicitud discreta, el servicio sencillo y gratuito, la paciencia comprensiva, los gestos de perdón. Quien cultiva diariamente lo pequeño, también sabrá adoptar las actitudes adecuadas en lo grande e importante.
Y la lección principal: buscar en todo la voluntad de Dios. La Familia de Nazaret nos da un buen ejemplo de esa disposición interior, de esa sabiduría suprema. Quien busca la voluntad de Dios vive para los demás más que para sí mismo. Y esa es la fuente de la alegría.
Dios quiso mostrarnos cómo había de ser nuestra vida de familia y, durante treinta años, vivió en unas circunstancias iguales o semejantes a las nuestras. Son tan sencillas que están al alcance de todos!
¡Entremos en esa Escuela, en la Escuela de la Sagrada Familia de Nazaret!

