Los cristianos sabemos dónde está la Verdad en medio de tantas voces. Es Jesucristo quien nos dice cómo tenemos que vivir para ser verdaderos creyentes. Su Palabra es la Palabra definitiva en la Verdad. De las múltiples propuestas que se nos proponen, siempre tenemos la posibilidad de elegir entre el camino que nos aleja de Dios y el que nos acerca a Él. Bien sabemos que lo fácil nos lleva al final a la tristeza, al fracaso, la angustia e incluso a la muerte. Por contra, el camino “duro”, que nos acerca a Dios, al final nos esperan la paz, la alegría y la vida.

Es que Dios nos ha hecho libres, con una voluntad apta para luchar, para querer, para elegir entre el bien y el mal. Y Dios, en su misericordia, juzgará lo que intentamos de corazón y no conseguimos. Dios sabe cuándo actuamos con sinceridad y cuándo nos estamos engañando a nosotros mismos.

Jesús no corrige la Palabra de Dios en el A.T., sino que la lleva a plenitud: “… pero yo os digo”. Da un vuelco a la forma de entender los Mandamientos. Jesús quiere una moral de máximos y no de mínimos, por eso nos exhorta a pasar de las prohibiciones y mandatos al espíritu de las Bienaventuranzas.

Ahora bien, ¿es esto posible? ¿No están estas exigencias muy por encima de nuestras pobres posibilidades? El Señor conoce nuestras debilidades y las tiene en cuenta. Cumplir la ley eterna, hasta la última “tilde”, significa seguir a Jesús y adoptar su estilo de vida. Él es quien cumple la ley entera, radicalmente, al dar la propia vida en la cruz.

Así pues, la nueva ley del Evangelio se compendia en el mandamiento del amor. Y amar sólo es posible desde la libertad. No es posible amar “a la fuerza” y de modo puramente externo. Sólo se puede amar de corazón. No se nos pide nada que no hayamos recibido antes: Dios nos amó primero.