En el evangelio de hoy aparece Jesús orando al Padre, en voz alta, lleno de alegría: “Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a los sabios y prudentes y las has revelado a los pequeños”. Su alegría viene motivada por su predilección por los más pequeños, y porque a ellos les revela las cosas más profundas.

Estos “sencillos” nos remiten constantemente a la condición necesaria para entrar en el reino de Dios: la de no considerarnos autosuficientes, sino necesitados de ayuda, amor y perdón.

Y es así, Dios ilumina a quienes lo buscan con sencillez, para que puedan captar lo que implica ser hijos de Dios. Jesús mismo nos ha dado ejemplo de esa humildad y sencillez que admira en los “pequeños”:aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón”. Así pues, no hay otro camino, que sólo el conocimiento sincero de nuestra pobreza y desvalimiento para atraer hacia nosotros la divina gracia.

Jesús, después de manifestar su gozo por la predilección de Dios por los que son sencillos, como los niños, añade algo muy consolador: “Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré”. Pero pone una condición: “Llevad mi yugo y aprended de Mí…”.

El ‘yugo’ de Cristo es la ley del amor, es su mandamiento, que ha dejado a sus discípulos, es decir, una vida basada en el amor fraterno, que tiene su manantial en el amor de Dios.

Como podemos ver es un nuevo paradigma: ser “sencillos” para llegar a ser sabios, ser “humildes” para llegar a ser grandes, ser “pobres” para llegar a ser ricos. Estando unido a Jesús, todo yugo es llevadero y toda carga, ligera.