DOMINGO XIX DEL TIEMPO PER ANNUM
Jesús anuncia el Reino de Dios con palabras, gestos y signos. Así lo hemos visto en los últimos domingos. Lo fundamental, lo importante es el encuentro personal con el Señor, porque Él es el Reino. Pero, siempre, tanto en unas ocasiones como en otras, el encuentro se produce por iniciativa suya. Elías nos invita a la paciencia, a saber aguardar, a entrar nosotros en los tiempos de Dios y no pretender que Dios entre en los nuestros.
En la oración nos puede fácilmente la impaciencia, el hastío, la aparente infecundidad de esa espera. La cultura de nuestro tiempo no nos invita mucho a estar una hora con nosotros mismos, a estar una hora con Dios. Es una cultura de la gratificación inmediata, de la instantaneidad. Pero Elías nos dice: hay que estar al acecho del paso de Dios por nuestra vida; hay que saber esperar el momento de su manifestación. El que espera, se verá agraciado con esa misteriosa visita de Dios. En esa visita nos confortará para seguir caminando, o nos iluminará sobre las opciones que hemos de tomar, o sencillamente nos dirá: «estoy a tu lado», o «no tengáis miedo», o «soy Yo».
Siempre vale la pena esperar: todos los trabajos, todos los hastíos, todas las horas de espera se verán más que recompensados por la gracia de un encuentro.
En el camino del discípulo, camino de seguimiento, muchas veces por sendas difíciles, que se presentan a cada paso como obstáculos insalvables, tenemos la tentación del desaliento, del desánimo, del miedo. Sin embargo, el discípulo es acompañado constantemente por la presencia cercana del Dios con nosotros que le alienta y, a la vez, le recrimina por su falta de confianza. Pedro tiene miedo, y pide que el Señor lo salve, porque sin Él perecería. Aunque él debería ser consciente que Jesús está siempre preocupado por la barca. Su acercamiento en medio de las dificultades se hace manifiesto en las palabras de aliento dirigida a los discípulos y en la invitación a los que quieren seguirlo como Pedro.
De allí el reproche que Jesús dirige a Pedro que, dudando, ha revelado la pequeñez de su fe. El episodio entonces debe servir a todos los integrantes de la comunidad eclesial para el fortalecimiento de su confianza. Dios desea de su comunidad un coraje y una confianza inquebrantable. Todavía después de siglos, el cristiano es llamado a hacer experiencia de Dios en medio de los peligros y dificultades y de seguir en ellos dirigiéndose a Jesús de Nazaret, el Señor, con una confianza plena.
En el episodio de este Domingo hay también otra cuestión: los discípulos no reconocieron a Jesús. Pensaban que se trataba de un fantasma. Deberíamos pedir que se nos conceda la gracia de saber reconocer a Dios en los signos de su manifestación.
Saber esperar a Dios; saber reconocer a Dios en los signos de su manifestación: son dos de las lecciones que hoy nos ofrece la Palabra que hemos escuchado. No las echemos en saco roto.

