DOMINGO XV DEL TIEMPO PER ANNUM
Llevamos unas semanas que están llenas de malas noticias: catástrofes naturales, guerras, violencia, incendios… Hay muchas situaciones que nos hacen preguntarnos: ¿dónde está nuestro Dios? ¿Por qué suceden estas cosas?
Pero estas preguntas nos pueden ayudar a crecer en la fe. Es importante reconocer que «creer» es un riesgo, una aventura, un jugárselo todo para ganarlo todo. Fe como la que muestra el profeta Isaías. ¡Qué confianza tan admirable en la Palabra de Dios! Creer para entender, y no entender para poder creer.
Tener fe es un don De Dios. La fe nos permite ver más allá de la realidad aparente y nos abre la puerta a la esperanza. Podríamos preguntarnos en qué consiste mi fe, porque también a mí me duele el sufrimiento, la injusticia, la muerte salvaje. Tener fe me induce a decir, como Pablo en esta lectura: “Los sufrimientos de ahora no pesan lo que la gloria que un día se nos descubrirá”.
En el Evangelio, Jesús nos enseña hoy el arte de ver y comprender a la luz de la fe. La parábola del sembrador es la primera de las siete que componen el discurso de las parábolas sobre el Reino de Dios en el evangelio de Mateo, y describe los distintos tipos de tierra en los que cae la semilla echada a voleo por el sembrador. Se trata de una gran metáfora de la predicación de la palabra de Dios a lo largo de la Historia. La parábola explica por qué la misma semilla del evangelio produce efectos tan diferentes en las personas: porque cada uno la recibe según sus disposiciones. Con esta metáfora, Jesús resume los tipos de personas que existen. De esta manera, no solo transmite un conocimiento muy valioso sobre cómo somos, sino que también nos interpela para examinar qué podemos hacer para mejorar nuestra correspondencia.
En su explicación a los discípulos, que es tan clara, Jesús también dice: “al que tiene se le dará y tendrá en abundancia; pero al que no tiene incluso lo que tiene se le quitará” (v. 12). La frase nos inquieta porque parece una injusticia. En cambio, Jesús explica de esta manera que quien no recibe con buena voluntad el evangelio y la gracia, se hace incapaz para entenderlo y para recibir más. En cambio, quien se dispone dócilmente a dejarse transformar por la palabra de Dios —que eso hacían los discípulos— no solo recibe la gracia de la conversión, sino que se hace apto para recibir más gracia aún. Seamos, pues, “tierra buena”, fecunda, donde germine la Palabra de Dios y dé para nosotros y los demás un fruto abundante.

