El Evangelio de este Domingo va de parábolas, quizás un género literario muy adecuado para este tiempo caluroso de verano. Cizaña, mostaza y levadura son tres características de un mismo tríptico con el que Jesús nos invita a ver y valorar nuestra fe. La Palabra de hoy nos recuerda que nuestro Dios es lento a la ira y dado a la misericordia. Dios quiere perdonar, porque desea olvidar, las veces que haga falta, el pecado del hombre. “Diste a tus hijos la dulce esperanza de que, en el pecado, das lugar al arrepentimiento». Esta expresión, “dulce esperanza”, merece la pena meditarla hoy.

Esperanza nos da también san Pablo en su breve fragmento de hoy. No hemos de temer que no seamos capaces de orar como debemos, por culpa de nuestras debilidades, ni por una voluntad rota, ni porque seamos reincidentes en las faltas y pecados. El Espíritu viene en nuestra ayuda. El Señor cuida de que sus Hijos no se pierdan. Hay gracia sobreabundante donde reinó el pecado. Dios está cerca para escuchar los gemidos de nuestro corazón «humilde y contrito».

Con el Evangelio, deberíamos preguntarnos:

¿Qué es la cizaña hoy?

Podríamos decir que todo aquello que nos aleja de Dios. Lo que nos ahoga y nos impide crecer como cristianos y como personas. El mal, en definitiva. El Evangelio nos anima a luchar con todas nuestras fuerzas para no dejarnos abrazar por los tentáculos de la maldad, aunque venga disfrazada de falsos progresismos. Porque la cizaña nos quiere envolver, a todas horas y en diversos campos: en la conciencia, en el pensamiento, en el trabajo, en la Iglesia, en los grupos, en la política…  Lo malo no es que exista la cizaña, lo malo es acostumbramos a crecer (o menguar) en medio de ella e ir cediendo terreno, queriendo o sin querer, en aquello que es esencial en el seguimiento a Jesús. Ahí está la lucha paciente de cada día. La semilla de Dios puede que sea pequeña. A veces nos parece del todo utópica o inservible. La mostaza es ese gran regalo que recibimos en el día de nuestro Bautismo. Puede que, algunos, les parezca inexistente o que, incluso, todo lo que rezamos y celebramos, realizamos o ayudamos les resulte aparentemente estéril. Esa es la grandeza de Dios: sin saberlo nosotros, la semilla crece.

Nuestro objetivo como cristianos es ser levadura evangélica en el mundo. Hoy día urge una Nueva Evangelización. Y ser levadura, acostumbrados a ser masa, es difícil.

Pero el Señor, por si lo hemos olvidado, nos da la seguridad de que, en medio de la noche oscura, dificultades, persecuciones, falta de vocaciones, etc., el Espíritu Santo sigue actuando.

No es bueno cruzarse de brazos, por supuesto que no, pero tampoco es serio el que lleguemos a pensar que “esta empresa” es tan nuestra que no dejemos a Dios la suficiente libertad para actuar en ella, o seamos tan desconfiados que creamos que el presente y el futuro de la fe dependen exclusivamente de nuestros esfuerzos y empeños pastorales. Jesús nos invita a esperar. Que lo que llamamos «bien» y «mal» crezcan juntos. En el momento del juicio, se verá con claridad lo uno y lo otro.

El reconocer que existe la cizaña no es un planteamiento pesimista, ni siniestro. Es la constatación de una realidad que nos circunda. Debemos releer después de la Eucaristía el fragmento del Evangelio de san Mateo que hoy hemos proclamado. Jesús nos dice que existe el mal y nos lo muestra para que no seamos engañados por «falsas bondades». Nos avisa de ese peligro. Hemos de escucharle. Hoy y siempre.