Este Domingo Jesús hablándonos en parábolas. Esta semana, el tesoro, la perla y la red como metáforas del Reino de Dios. Ahora bien, la Palabra también nos habla de la necesidad de la ayuda divina para ser “sabios”, para poder saber qué hacer en cada momento.

Salomón responde a Dios solicitando el don de la escucha y del discernir entre el bien y el mal y obtiene la aprobación divina por ese pedido y la concesión de una “mente sabia y prudente”.

También el salmo pone en valor el don de la sabiduría, que Dios concede a quien lo valora.

¿Qué pediríamos nosotros a Dios si fuésemos Salomón? Y la gente en general, ¿qué respondería?

Probablemente saldrían respuestas como éstas: ganar mucho dinero, tener el mejor coche o la mejor moto, unas vacaciones en las playas del Caribe, o simplemente sentirme bien con mi cuerpo y conmigo mismo. Todos buscamos ser felices, pero por caminos distintos, muchas veces equivocados No acabamos de darnos cuenta de que la felicidad tiene mucho más que ver con el ser que con el tener, está más en lo profundo que en la superficie. La clave está en saber orientar tu vida hacia lo auténtico, lo que plenifica, lo que realiza de verdad.

El Reino de Dios es un tesoro escondido, una perla de gran valor, quien lo encuentra se llena de alegría y deja todo para conseguirlo. Realmente, el tesoro es Dios, que se nos muestra, como Padre que ama y que perdona, como Alguien que es capaz de dar sentido a nuestra vida. En nuestro interior está el auténtico tesoro: Dios mismo. El que lo encuentra se «llena de alegría». En esta expresión se resume el fruto que produce el encuentro con Dios: la alegría del corazón.

La pregunta para este Domingo es: ¿Has encontrado ya tu tesoro? Si no eres capaz de llenarte de alegría y de seguir a Cristo con radicalidad es que todavía no lo has encontrado. Las renuncias que Jesús nos propone no son nada con la plenitud que significa encontrar su tesoro. Es una cuestión de fe. Y a la fe se llega por decisión personal y libre, no por tradición o herencia. La fe nos compromete a vivir según los criterios del Reino, no es una forma de pensar que acomodo a mi vida. No puedo hacerme la fe a mi medida. Desde la fe, venir a Misa, por ejemplo, es la celebración gozosa del encuentro comunitario con Dios. No es un rito que hay que cumplir. La fe es un regalo, un don gratuito, no un seguro de vida que me asegura la salvación. Cuando se tiene fe de verdad el amor se convierte en la única ley que guía y orienta tu vida.

Nace de aquí una visión optimista de la existencia humana y de la historia. La Carta de san Pablo a los cristianos de Roma lo subraya con acento emocionado: «A los que aman a Dios todo les sirve para el bien, a los que ha llamado conforme a su designio». Para el creyente en Jesús, la vida tiene un sentido, el esfuerzo humano una razón de ser y hasta la contrariedad y las dificultades aparecen ante su conciencia y su dinamismo, como argumentos de más para redoblar su compromiso.

Esta es la suprema sabiduría que el mensaje de Jesús aporta a los hombres. En ella se encuentra no la resolución, aunque sí la iluminación del enigma de la vida. Para el creyente nada quedó resuelto con su fe; pero la fe si ilumina y clarifica la razón del vivir y del esfuerzo. A esta sabiduría alude la petición de Salomón.

Amemos a Dios de tal manera que las dificultades de la vida nunca consigan romper nuestra fe y nuestra esperanza, para que así todo termine siempre sirviendo para nuestro bien. De todo, hasta de lo malo, podremos aprender. Sigamos caminando, trabajando como si todo dependiera de nosotros, pero sabiendo que todo depende de Dios. De ese Dios que nos sale al paso. De ese Dios que espera tu respuesta. ¿Qué le vas a decir tú?