DOMINGO XVIII DEL TIEMPO PER ANNUM
Cómo se quedarían los Apóstoles cuando oyeron el mandato de Jesús: “dadles vosotros de comer”? Apenas tenían para subsistir ellos… y allí habían miles de personas!
Asusta, porque obliga a sacar lo mejor de nosotros mismos: saber (y querer) compartir. Por otra parte, se nos repite, una y otra vez, que nuestra felicidad, nuestra belleza, nuestra satisfacción, nuestra vida depende de lo que tengamos.
Sin embargo, parece que Isaías nos hace una invitación al consumo, a la hartura: «Venid, comprad trigo, comed sin pagar… Escuchadme atentos y comeréis bien». Suena parecido a un anuncio de publicidad. A uno de esos cientos de reclamos publicitarios que solicitan nuestra atención constantemente.
Por otra parte, lo que ocupaba el centro del mensaje de Jesús era la llegada del Reino de Dios. Es un mensaje que no se le cae de la boca. Este anuncio no sólo lo realiza con palabras, sino también con gestos y signos. Hoy realiza el Señor un gran signo. Con él quiere dar a entender que el Reino de Dios que anuncia no es un espejismo, sino una realidad que se deja sentir, que entra por los ojos, que entra por la boca. El signo que Jesús realiza es una muestra extraordinaria de que se han cumplido los tiempos mesiánicos. El Dios de la vida puede dar y da más de lo que podemos soñar o pedir.
Jesús realiza esta señal por propia iniciativa, sorprendiendo también a sus Discípulos. Fue algo totalmente inesperado, contra la propuesta de esos Discípulos, que querían despedir a la gente. Como los Discípulos, podemos sentir que es algo superior a nuestras fuerzas.
- ¿Qué es lo que cada uno podemos hacer para atenuar el hambre de las tres cuartas partes de la humanidad?
- ¿Qué podemos hacer, cuando la corrupción lo ha invadido todo, por devolver a nuestra sociedad la honradez y el espíritu de trabajo?
- ¿Qué podemos hacer para que nuestros jóvenes no pierdan la fe en un ambiente tan hostil que tiene a gala ser antirreligioso y relativista?
Estas y otras muchas más son nuestras batallas perdidas ya antes de comenzadas. “Despídelos, que se vayan, que no tenemos más que cinco panes”, es decir, ante tanto desastre, qué podemos nosotros?
En contraste con la actitud pesimista y materialista de los Apóstoles, la gente no le pedía pan, sino razones de vivir, de esperar, de sufrir, de morir. Aun sin saberlo, aquella multitud buscaba el Reino de Dios. Pues bien: vemos cómo en este caso se cumple literalmente la palabra de Jesús: «Buscad primero el Reino de Dios y su justicia, lo demás se os dará por añadidura».
¿De qué nos sirve tener abundancia de pan, tener con qué vivir, si carecemos de esas razones, si no tenemos un por qué vivir y un para qué vivir? Si sabemos que “no sólo de pan vive el hombre…”, sabemos también que podemos “morir” de sólo pan.
¡Cuánto puede y quiere hacer Dios con una cooperación nuestra que podría parecernos insignificante!
Aportemos lo que tenemos, lo que sabemos, lo que buenamente podemos, por poco que sea, por ridículo que nos parezca. Una limosna, un acompañamiento a un enfermo, un buen consejo, un ofrecimiento para dar catequesis. O también una vida entregada a su servicio. Dios sabrá darle crecimiento. Dios puede hacer milagros con esa pequeña aportación nuestra!
¿Cómo interpretar, pues, esta invitación a la abundancia, esta llamada al optimismo de Isaías?
Parece que la clave es bien sencilla: no se concibe en el mensaje bíblico una abundancia que no sea compartida, una riqueza que no se reparta, un bienestar que no afecte a todos. El destinatario de estas invitaciones es todo el pueblo (los «millares» simbólicos del Evangelio) sin excepción ni distancias irritantes. Y esto lo descubrimos realizado en la Eucaristía. Esta, o es fiesta de fraternidad, sacramento de comunión, momento supremo de compartir con los otros todo, o a la “presencia de Jesús dándose” se le priva de una dimensión imprescindible. Cristo se da sin reservas a los que no limitan su entrega a los demás, a los que en cada comunión sienten el vértigo de la necesidad ajena y se esfuerzan por compartir.
Busquemos, pues, el Reino de Dios y su justicia… y lo demás se nos dará (abundantemente) por añadidura.

