DOMINGO XXI DEL TIEMPO PER ANNUM

Y ¿quién soy yo para vosotros? Revertida en clave personal, la pregunta es: “¿Quién soy yo para ti?”.

A Jesús no le interesaba ni le interesa una respuesta académica, teórica, erudita. Estas respuestas la tenían los fariseos y otros enemigos de Él; y hoy día pues muchos ateos o seguidores de otras religiones. La respuesta que Jesús espera es personal, basada en la experiencia, en el resultado de una relación vital, existencial. Por lo tanto, ¿quién es Jesucristo para mí? Es una buena ocasión para preguntarnos, cada uno sinceramente, que significa Jesús en nuestras vidas, si es que significa algo.

Cuando somos de un equipo determinado, o practicamos algún deporte concreto, o tenemos una afición a la que dedicamos mucho de nuestro tiempo libre, nuestro círculo relacional (familia, amigos, compañeros) lo saben y no nos cuesta ningún trabajo hablar de ello, incluso con pasión, incluso tratando de convencer a otros de lo feliz que nos hace y que les haría también a ellos. Manifestar nuestras creencias. Pero exponer o defender, si la situación lo requiere, la concepción que tenemos de la vida, de la familia y de la sociedad desde el Evangelio, eso es otra cosa: nos cuesta trabajo. Creemos que la situación nos compromete y nos desborda.

Cuando Pablo habla del Señor, no dice que la fe sea irracional ni tampoco que no debamos buscar razones para entenderla. Lo que sí afirma es que Dios siempre será más grande de lo que podemos pensar sobre Él. Podemos conocer algo de Dios, podemos llegar a descubrir, reconocer su amor, experimentar su presencia, pero nunca agotarlo. Hay una profundidad en su misterio que hace que nuestras medidas resulten demasiado cortas.

La respuesta al misterio de Dios no es solamente buscar explicaciones, sino también aprender a adorar. La alabanza nace cuando descubrimos que nuestra vida no depende únicamente de nuestras fuerzas y que, incluso cuando no vemos el camino completo, podemos ponernos en manos de Dios.
La fe madura no consiste en tenerlo todo claro. Consiste en seguir caminando cuando no todo está claro, sabiendo que detrás de nuestra limitada mirada existe un Dios cuya sabiduría y misericordia son mucho mayores que las nuestras.

Por eso, quizá, con confianza. como hizo entonces Pedro, nuestra Iglesia (con contradicciones, deficiencias, limitaciones, dificultades, pecados, etc.) hoy debe seguir respondiendo a la pregunta de Cristo: “Tú, Señor, eres el Hijo de Dios”.

Hay que hacerse cada uno esta pregunta a solas, mirando a Jesús clavado en la Cruz y dejando hablar al corazón. ¿Quién soy yo para ti?

Nuevamente Jesús espera una respuesta: ¿Qué decimos sobre Él? ¿Le conocemos profundamente o sólo superficialmente? ¿Escuchamos su Palabra o simplemente asistimos a su lectura? ¿Estamos en comunión con Él, o somos unos amigos interesados que sólo lo saben vivir y sentir en ciertas celebraciones solemnes?

Cada uno que piense que va a responder.