DOMINGO XXII DEL TIEMPO PER ANNUM
Como cada domingo, la Palabra de Dios nos da pautas para la reflexión. Nos ponemos delante de ella, para que el Espíritu Santo nos vaya llevando hasta la comprensión de esa Palabra que, para nosotros, es vida.
Hoy, Jesús habla a sus discípulos de persecución, difamación, descrédito, pasión y muerte. No quiere que se hagan falsas ilusiones con lo que conlleva ser discípulo suyo. Y ellos no quieren asumirlo. Quieren estar “ciegos”, y “no hay más ciego que el que no quiere ver”. Hasta a Pedro le sucedió. “Eso no puede pasarte”. El que acababa de confesar a Jesús como el Cristo, no acaba de ver claro cuál es el final del Mesías, final que ya habían predicho los Profetas. Y Jesús le manda irse “detrás”, en la posición del discípulo, y hasta le llama “Satanás”, es decir, embustero. Porque a Jesús le parece demoníaco querer ir contra el plan de Dios. Ir contra la firme decisión del mismo Jesús: vivir por y para el Reino. A pecho descubierto. A muerte.
La verdadera decisión que importa tomar en nuestra vida es la firme voluntad y resolución de renunciar a uno mismo y, posiblemente – si tal fuera la voluntad de Dios – hasta la muerte real, hasta la renuncia de la vida corporal ¡Casi nada! Esto es lo que significa seguir a Jesús. En el sentido literal los discípulos le habían seguido a donde Él iba, y habían compartido su vida. Este seguimiento exterior, la acción de ir literalmente en pos de él tiene que convertirse en seguimiento interior. Por eso, ser discípulo de Jesús, es oportunidad de todos los tiempos, porque todos podemos seguir al Señor como Maestro. El seguimiento interior requiere otras condiciones distintas del abandono de casa y hogar, familia y profesión. Es el estado del alma dispuesta para sufrir la pasión. Sólo entonces el seguimiento pasa a ser seguimiento en sentido propio, y se llega a ser verdadero discípulo. Ser buen creyente no significa vivir sufriendo, sino vivir con el gozo de saber que estás al lado de Jesús, detrás de Jesús.
El anuncio que hace Jesús tenía que suceder. No hay otro camino para que se cumpla la voluntad del Padre. Y sabemos que eso era lo más importante para Jesús, encarnar siempre lo que Dios quería para llevar a cabo su plan. Con la llamada universal al seguimiento, el Señor quiere nuestra plenitud y felicidad. Porque el plan del Señor para ti no es un plan de destrucción ni muerte, sino un plan de salvación, de felicidad. No de esa felicidad que se acaba cuando comienzan los problemas, y problemas habrá siempre. Es la felicidad que da saber que has elegido el bando correcto, que el Espíritu te lleva por donde debes ir, y que Jesús te acompaña en el camino.
Es la fuerza de la Palabra, que no dejaba en paz al pobre profeta Jeremías. Lo que le pasó a Jeremías le ha pasado a mucha gente. Y te puede pasar a ti. El Señor te complica la vida, te obliga a andar por caminos que no tenías pensado recorrer, e incluso te puede enfrentar a la oposición de la gente. Ahí se prueba nuestra fidelidad. Hay que ser testigos y llevar el mensaje permanentemente. Y eso es duro. Porque no todos aceptan ese mensaje que la Palabra nos ofrece. Y no a todos les gusta que les recuerden que no siempre actúan bien.
No fue fácil ni para el mismo Jesús. Se trata de conservar, recoger y asegurar definitivamente la vida, o de perderla; de la completa destrucción, de la vaciedad y falta de sentido. El hombre tiene ante sí las dos posibilidades. Uno de los caminos es el que conduce a la vida, y el otro el que conduce a la perdición. Se trata de saber qué es y Quién es el que da sentido a nuestro vivir, y estemos dispuestos a morir por Él. Morir físicamente, como los mártires, o morir moral y espiritualmente a nuestras querencias, deseos, gustos y apetencias. Se trata de ir dejando esas “riquezas” que, como al joven rico, no nos dejan entregarnos de lleno a la causa del Reino.
Esta tarea que no fue nunca fácil, ni siquiera para los Apóstoles, ni para tantos santos que en el mundo han sido. Pero es tarea que merece la pena. Al final, el Señor nos dará la paga que merezcamos. Ojalá sepamos vivir de tal modo, que la paga sea la mayor a la que puede aspirar un cristiano, la vida eterna. Discerniendo siempre, preguntándonos cada día “qué quiere Dios de mí hoy y ahora, para que el Reino siga creciendo. Para que yo sea más feliz. Más santo. Con la ayuda del Espíritu.

