DOMINGO XXVI DEL TIEMPO PER ANNUM
Durante este mes de septiembre hemos ido revisando lo relativo a la corrección fraterna y el perdón al hermano, para pasar luego a estudiar la forma original que tiene Dios de llevar la contabilidad, muy generosa, con aquello de que “los últimos serán los primeros”. En este Domingo el Evangelio sigue avanzando con parábolas y preguntas.
¿Quién de los dos hizo lo que quería el padre? Dos hijos, los dos, en principio, más o menos normales, viven en la casa del padre, trabajan con él… “Buena gente”, se podría decir. Uno de los dos, quiere complacer, pero no hace. El otro, más “díscolo”, protesta, pero recapacita y hace.
Y ¿cómo somos nosotros? Rápidos en decir, pero más lentos en obrar? Somos de los que hablamos mucho y hacemos poco, ¿o de los que nos cuesta lo que se nos pide, pero lo hacemos?
El padre de la parábola quedaría perplejo ante la reacción de sus dos hijos. No obstante, seguro que no se quedó mucho tiempo pensando en la negativa del primer hijo. Se fijó en que hizo lo que le pidió, y ya está. No le anduvo echando en cara que fuera tan voluble. Y casi seguro que al segundo también le dio otra oportunidad. Es lo que tienen los padres buenos. Como nuestro Dios. Ve en lo profundo del corazón de cada uno, y sabe perdonar.
La semana pasada se nos dijo también que los últimos serán los primeros. Ya eso lo tuvimos que asimilar. Sobre todo, los que nos sentimos “primeros”. Hoy, además, se nos dice que “los publicanos y las prostitutas os llevan la delantera en el camino del reino de Dios”. Me imagino cómo le sonaría esto a los contemporáneos de Jesús. Incluso hoy suena raro. Acostumbrados a juzgar, dividimos entre buenos y malos, los nuestros y los otros, los míos y los ajenos. Según nuestra lógica.
Y de nuevo la Palabra nos recuerda qué es lo importante. No decir, sino hacer. No sólo hay que decir que creemos, sino hacer con coherencia. Eso lo entendieron bien aquellos que estaban fuera de la sociedad, en tiempos de Jesús, los que eran considerados oficialmente pecadores y perdidos. Esos que no se sintieron juzgados, sino aceptados, perdonados. Con una segunda oportunidad. Esto nos lo ha dicho también Ezequiel en la primera Lectura: “Y cuando el malvado se convierte… él mismo salva su vida”. Dios es paciente con nosotros. Y en nuestras manos, en nuestras acciones está el cambiar de actitud, el no sentirnos tan autosuficientes y poner nuestra confianza en Dios, que es Padre y nos quiere.
San Pablo, en la segunda lectura, propone a los cristianos de Filipos que sean testimonio de vida ante sus paisanos por sus actitudes y que tomen como ejemplo a Jesús, que renunció a sus derechos para compartir la condición humana con todas las consecuencias.
No se trata de hacer moralinas apoyadas en principios filosóficos o religiosos, sino de vivir de acuerdo con nuestra fe en Jesús, que es a quien seguimos, y actuar como Él lo hizo con las personas con las que trató. Ojalá seamos capaces de pensar siempre qué es lo que querría Jesús que hiciéramos. Porque hemos escuchado su mensaje, y es un mensaje de liberación. Aunque el primer impulso sea decir “no”.
Fiémonos de Dios, actuemos según nos pide.

