DOMINGO XXVII DEL TIEMPO PER ANNUM (04/10/2026)
En estos domingos pasados hemos escuchado a Jesús y lo que nos ha dicho nos ha podido parecer un poco radical: perdonar setenta veces siete, que los publicanos y las prostitutas nos llevan la delantera, y hoy que hasta nos van a echar fuera de la viña del Señor porque no damos fruto.
Cabe hoy la pregunta: ¿leo yo la Palabra de Dios?, ¿leo la Biblia, aunque sea un poquito, cada día?, ¿la escucho con atención?
Cuando escucho las Lecturas en la Eucaristía, pienso siempre ¿en qué bien le viene esto a los otros y nunca a mí mismo?
Siempre los otros son, los otros hacen, los otros dicen… Podemos escuchar las lecturas, por fin, con verdadero interés. Pensando que ese texto está dirigido a mí, habla de mí, se refiere a mí.
Deberíamos escuchar hoy el Evangelio en primera persona: esa viña soy yo, que Dios cuida con amor, y que debe dar su fruto. Dios me ha plantado, me cuida, me riega, me protege en los momentos malos, ilumina mis miedos con la luz de su verdad… Dios está ahí, pendiente de mí. Yo soy esa viña.
Ahora bien, ese cuidado de Dios no es una súper protección anuladora, es decir, respeta los márgenes de nuestra libertad, de nuestra iniciativa, de nuestra autonomía. Este es el momento peligroso. Viene la locura de la posesión, la falsa idea de que nadie jamás nos pedirá cuentas porque el dueño está lejos y quizá no vuelva nunca.
Es el espejismo que ciertas cosas provocan en la conciencia: el dinero, el poder, el prestigio, el orgullo.
Dios, el dueño de la viña «está de viaje», lo hemos marginado para siempre de nuestro quehacer, Pero eso no significa que no le importe, ni que evada sus responsabilidades, ni que deserte de su posición de dueño de la viña. Significa un incomprensible respeto al hombre. Dios toma en serio al hombre y le deja actuar. No hace de él un robot. No interviene inmediatamente en escena, como hubiéramos hecho nosotros, que al primer rechazo de los viñadores y a su violenta oposición nos hubiera faltado tiempo para actuar.
Los pensamientos de Dios no son nuestros pensamientos. Muy lejos está Dios de pensar como nosotros. Dios espera siempre. Dios confía siempre. Dios nos ama siempre.
¿Podemos nosotros entender un amor tan grande? ¿O es que no nos atrevemos a admitirlo porque exigiría demasiado de nosotros? Podemos imitar a Dios en otras cosas, pero en su amor es demasiado para nosotros.
Mi miedo es no responder como debo. Saber lo que tengo que hacer, pero no hacerlo, o hacer lo que no debo. Por eso es tan importante caer en la cuenta de que el mensaje del Evangelio se dirige a cada uno de nosotros. Si entendemos este misterio de amor, todo será más fácil.
Orar será darle gracias a Dios espontáneamente, por cuidarnos en todo momento, y no algo que tengo que hacer por obligación. La Eucaristía será verdadera acción de gracias, y no una rutina que me mandan.
Ojalá el Señor nos dé a todos un corazón de niño, siempre abierto a la novedad, y capaz de expresar con nuestras obras el amor al Dios que nos cuida. Somos su viña. Demostrémoslo en nuestra vida.

