MIÉRCOLES DE CENIZA
El comienzo de la Cuaresma supone una llamada a la conversión, un poner en orden nuestra vida. Aunque creemos en Cristo y tratamos de seguirle, nos damos cuenta de que necesitamos renovar la conversión, nuestra coherencia de vida y fe. Descubrimos nuestra pobreza, nuestra miseria, nuestros pecados y nuestra resistencia a salir de ellos… Y lo natural es lamentarse y dolerse por ello.
Pero otra imagen debe resurgir aún más fuerte: la de la misericordia y compasión de Dios, que no reacciona con cólera, sino con perdón. Percibimos la infinita distancia entre nosotros -nuestras deficiencias- y Dios -su perfección, que es amor sin medida-.
Esa imagen de la misericordia de Dios tiene un rostro concreto, humano, que es el rostro de Jesús. Como nosotros no podemos “alcanzar” a Dios, Él nos alcanza y viene a nuestro encuentro en Cristo.
Ante esta desmesurada gracia de Dios sólo podemos responder volviendo nuestro rostro a Dios:
- primero, haciendo justicia a Dios dando LIMOSNA a los necesitados (de ayuda, de dinero, de atención…) en los que vive y sufre el mismo Cristo;
- segundo, acudiendo a la fuente que clara nuestra mirada con la ORACIÓN, que nos lleva al trato personal con el Señor;
- tercero, con las renuncias que todo aquello exige, representadas con el AYUNO. Ayunamos como un sacrificio agradable a Dios y en favor de los necesitados.
En la Cuaresma que hoy iniciamos hacemos una comprobación de nuestro corazón en sus tres relaciones fundamentales:
* con nosotros mismos (el AYUNO);
* con los demás (la LIMOSNA); y
* con Dios (la ORACIÓN).

