En el Adviento la liturgia celebra la “doble venida” del Señor: por un lado, estas semanas preparan para la fiesta del Nacimiento de Aquel en quien se cumplen las antiguas promesas y nos abrió el camino de la salvación; por otro, despierta y fortalece la alegre y confiada espera del retorno de Cristo “en la majestad de su gloria”.

Ya Isaías nos ha hablado de un nuevo orden mundial, aunque mirando a nuestro mundo podemos pensar que no ha cambiado nada. Sin embargo, Jesús nos pide que estemos preparados, en vela, para “el día del Señor”, que significará la inauguración de los tiempos más nuevos, los tiempos mesiánicos.

El hijo del Hombre viene a liberarnos de todas nuestras esclavitudes e incertidumbres. Él es nuestra justicia y nuestra salvación. Nuestra parte consiste en despojarnos de las obras de las tinieblas…, en espabilarnos y conducirnos con dignidad.

El Evangelio de hoy puede resultarnos bastante extraño. De una forma plástica, nos presenta Jesús una situación en que la vida de la gente se desenvolvía en lo ordinario, pero de repente vino la catástrofe que no se esperaban.

El mensaje es que algo debe cambiar en nuestra vida diaria. No se nos pide que abandonemos las ocupaciones diarias, sino que las aprendamos a vivir desde Dios y hacia Dios; que todas nuestras acciones procedan de Él como su fuente y tiendan a Él como a su fin.

El Señor nos indica lo importante que es no apegarse a las cosas de este mundo, a vivir atentos, a estar preparados para reaccionar como Dios quiere.

Tenemos por delante una hermosa tarea durante estas cuatro semanas: preparar nuestro interior como si fuera una cuna que va a recibir a Aquél que nos da la vida.

El tren de la esperanza va a pasar por delante de nosotros, no lo perdamos, subamos a él y valoremos todo lo bueno que vayamos encontrando en nuestro viaje.

Seamos también nosotros portadores de esperanza, esperanzados y esperanzadores. Seamos profetas de la esperanza, no del desaliento. Seamos personas colmadas de esperanza.

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