Amanece en Jerusalén. Las mujeres caminan solas hacia donde está el Calvario. Las calles están vacías, todo está oscuro. Pero nada les importa: ni la oscuridad, ni los guardias del sepulcro, ni quién les moverá la piedra del mismo… No ceden ante el miedo ni la incertidumbre. Las mueve la fe y el amor. El fuego que encendió el mismo Cristo no se había apagado del todo. Por esta fe intrépida y este amor inextinguible, Dios les entrega la mejor noticia: “No está aquí, ha resucitado!”

La noticia única se convierte en alegría inmensa. Corren para anunciar lo visto y oído. Los apóstoles aún están traumatizados y frustrados. Qué locura es esa!? No obstante, Pedro y Juan correrán hasta el sepulcro. Quizás sea para acallar definitivamente esa locura. Nosotros queremos correr con ellos. Y si fuera verdad a pesar de todo? Y si Jesús ha cumplido lo que había prometido?

Realmente, Pedro y Juan no se encerraron tanto, no se hundieron por el miedo, no se dejaron dominar por las dudas. Buscaron a Jesús! Sin ceder a la tristeza ni la oscuridad, se abrieron a la esperanza.

Aunque como Pedro, alguna vez hayamos negado a Jesús, también como Pedro queremos estar cerca de Él.

María, la Madre, no ha ido esta mañana al sepulcro. Quiere que los discípulos descubran solos lo que Ella sabe por la fe. María ha aceptado desde siempre el plan de Dios; hasta el final. Ella estaba acostumbrada a guardar en su corazón las palabras de su Hijo. Por eso, entendía las Escrituras. Desde aquel Viernes Santo, Ella se había concentrado en las palabras de Jesús, en las maravillas que había realizado. A Ella, ya nada de su Hijo la sorprendía. Para nosotros, tanto tiempo después, estos sucesos que estamos contemplando estos días, siguen dando fuerza y sentido a nuestra vida. Cristo ha resucitado! Pegados a Él estamos seguros. Unidos a la Cruz de Cristo, a la gloria de la Resurrección y al fuego de Pentecostés, todo se supera, los miedos se extinguen, brilla la esperanza, dominan la alegría y la paz.