QUINTO DOMINGO DE CUARESMA, “Judica”.
Durante esta Cuaresma, las lecturas del Evangelio nos han presentado diversas dimensiones de Jesucristo:
+Lo hemos visto como “hombre”, que es tentado, y sale victorioso de la tentación.
+Lo hemos contemplado como “Dios”, revestido de gloria, y hemos oído el testimonio del Padre que lo ha revelado como su Hijo amado.
+Lo hemos mirado como “aguador”, que nos regala el Agua viva, la única que calma nuestra sed existencial.
+Lo hemos apreciado como el portador de la Luz, que, abriendo nuestros ojos, rompe las tinieblas del pecado y la muerte.
+Hoy lo proclamamos como el Victorioso, que vence al último y más poderoso enemigo del hombre, la muerte.
Jesús se nos revela como el Señor, que tiene poder incluso sobre la que es tenida por “todopoderosa”, la muerte, pero que ya no lo es. Ciertamente, la última obra de misericordia corporal que se nos manda es la de enterrar a los muertos, pero la última obra de misericordia de Dios para con nosotros es “desenterrarnos” para la Vida.
Creemos en este Jesús que nos ha dicho: “Yo soy la resurrección y la vida”. Y, entonces, cómo vivir la fe?
Creer en Jesús es convertirse en discípulos suyos, que acogen su Palabra; es reconocerlo como el Dios-con-nosotros, como la manifestación del amor de Dios; es descansar en Él nuestra vida; es vivir adheridos a Él, injertados en Él, dejando que su vida fluya hasta nosotros y nos haga florecer y dar fruto abundante, porque sin Él no podemos nada.
La revivificación de Lázaro es el gran signo, que nos da a conocer definitivamente quién es Jesús para nosotros y quiénes somos nosotros para Dios. Jesús, el Hijo de Dios, es la resurrección y la Vida. No hay otro en quien podamos encontrarla. Nuestro pobre ser, por la fe, se afianza en Él y nuestra vida pierde su precariedad, su finitud. Jesús nos regala poder participar en el mismo Ser de Dios, participar en la naturaleza divina.
La Cuaresma nos ha querido introducir también en la vida de oración: sencilla, como la de Marta y María, descansando en Él nuestra confianza (“tu amigo está enfermo”), como la del mismo Jesús, plena confianza en el Padre (“te doy gracias porque me has escuchado; Yo sé que Tú me escuchas siempre”).
El Padre también nos escucha siempre cuando oramos “por Él, con Él y en Él”. La oración que Jesús dirige al Padre es la petición de luz para sus seguidores, que todos puedan comprender el significado profundo del signo que realiza, y que crean en Él, Señor de la Vida.
En este último Domingo de Cuaresma recibimos este anuncio: hoy se nos anuncia una vez más la esencia del mensaje del Señor. Sólo triunfa el amor.

