SEGUNDO DOMINGO DE CUARESMA, “Reminiscere”.
La liturgia del Domingo pasado nos presentaba a Jesús y al demonio frente a frente en el desierto. En este Segundo Domingo de Cuaresma nos trasladamos al Monte Tabor para asistir al acontecimiento glorioso de la Transfiguración del Señor. Si antes vimos a Jesús plenamente hombre, que comparte con nosotros incluso la tentación, ahora lo contemplamos como Hijo de Dios, que diviniza nuestra humanidad.
El desierto y el monte, más que lugares geográficos, son lugares teológicos, donde en el silencio y la quietud se hace presente Dios. Allí Dios se revela de una manera especial. Por eso, todos necesitamos tiempos de silencio y de quietud para encontrarnos con Dios. Silencio y quietud para entrar en nuestro interior y descubrir la verdad de nuestra existencia. En esta Cuaresma se nos exhorta a abrir un camino a la presencia de Dios.
Pedro, Santiago y Juan se ven inmersos, al subir al Tabor, en la oración de Jesús. Allí van a contemplar de una manera nueva ese rostro tan amado. “Qué bien estamos aquí!”, será la exclamación ante lo contemplado. Los discípulos se sintieron endiosados: se llenaron de Dios, saciaron su sed existencial. La oración personal es la subida a esa contemplación. No se trata de una oración intimista, sino personal, que nos lleva al encuentro con la vida. El evangelio nos dice que inmediatamente después de su transfiguración, Jesús baja del monte y retoma el camino de su misión. Esa experiencia tenía que permanecer en los corazones como luz y fuerza de fe, sobre todo en la pasión.
La Trinidad aparece en la Transfiguración: el Padre en la voz, el Hijo en el hombre, el Espíritu en la nube luminosa. La revelación, al igual que en el Bautismo de Jesús, es que el único Dios se revela como Trinidad de Personas. En la oración también nosotros purificamos nuestra idea de Dios, y nos enseña a tratarle con sencillez y confianza. El Espíritu Santo hará de nosotros personas transfiguradas que se dejan regenerar, corregir y consolar.
“Escuchadle!”, es el mandato del Padre. Unidos a la oración de Jesús , también nosotros descubrimos la maravilla de escucharle y de comprender nuestra condición de hijos de Dios.
Aprovechemos la Cuaresma: encontremos lugares de silencio y oración, donde Dios nos transfigure y se nos revele progresivamente.

