Isaías nos presenta el Adviento como un tiempo para soñar: el profeta soñaba con Aquel renuevo del Tronco de Jessé. Lo veía revestido de los dones del Espíritu. También soñaba con las transformaciones que se iban a producir con su presencia: una paz y reconciliación universales. Un hermoso sueño de un mundo maravilloso.

Ciertamente, ese objetivo es sólo alcanzable en el Reino de Dios. Pero ya ahora hemos de realizar anticipos de esa paz cumplida.

Juan Bautista exhortaba a preparar el camino del Señor a través de la penitencia, y este es también el sentido para nosotros: ¿qué puedo ofrecerle a Dios?, ¿en qué puedo sacrificarme para preparar mejor mi corazón?

Ese es el sentido que tenía su bautismo, el de iniciar un camino de purificación interior, el tener un corazón bien dispuesto. No se trata solamente del rito, sino de lo que conlleva ese rito.

Los árboles caídos y arrojados al fuego no son los hombres

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