Estos días de Navidad leemos los Evangelios de la Infancia de Jesús, tan llenos de vivacidad y dulzura. Hoy se nos presenta un relato más simbólico y teológico para contemplar -más allá de lo pintoresco y bucólico- lo que implica el misterio del Dios Encarnado y las consecuencias que tiene para nuestra vida.

El Verbo que se hace carne no es una criatura, sino que desde toda la eternidad “estaba junto a Dios”. Es una Persona divina, pero no es el Padre, aunque sí “era Dios”, comparte su misma naturaleza. Nos introduce el texto en la intimidad de la Trinidad: una única naturaleza divina en la que hay una distinción de Personas.

A continuación se explicita que Dios crea todo cuanto existe mediante su Verbo, articulando su Palabra: “todo se hizo por Él (por el Verbo-Palabra) y sin Él no se hizo nada de cuanto existe”.

Y después viene lo más maravilloso y sorprendente: el Verbo-Palabra se hizo Carne-Hombre y habitó entre nosotros. Dios asume una naturaleza humana y, sin dejar de ser Dios, se hizo como cada uno de nosotros, Jesús. Juan es testigo y de su experiencia saca una certeza absoluta: Jesús es la Palabra De Dios encarnada que se hizo hombre mortal!

La Palabra de Dios ha venido a nuestra vida para darle sentido. Necesitamos abrir nuestros oídos, nuestros ojos, todos nuestros sentidos para recibirla en nuestras vidas en esta Navidad. Dios nace para cada uno de nosotros cada vez que escuchamos su “Palabra” y la intentamos hacer vida. La Palabra que ha venido al mundo no es para quedárnosla privadamente, sino para compartirla, para hacerla testimonio, para que cale en otros y los lleve al encuentro con Dios.

Hoy podemos quedarnos con la impresión de que una Navidad más se pasa sin pena ni gloria…, o bien acoger la Palabra que nace y darle calor y vida. Hoy podemos convertirnos en relato de esa Palabra, en luz para los demás, en testigos creíbles de que la Palabra de Dios se ha hecho hombre para que el hombre pueda llegar a ser hijo de Dios.