SEGUNDO DOMINGO DE PASCUA, de la DIVINA MISERICORDIA
Seguimos con los aromas de esta Pascua florida: la Resurrección de Jesucristo no sólo da sentido a su existencia y misión, sino también a la nuestra, introduciéndonos en su misterio.
Pero estamos en el mundo y en el tiempo, y surgen dificultades para creer, para confiar. San Juan, en el Evangelio de hoy, nos habla de estas dificultades. Según los Sinópticos, todos los apóstoles dudaron: la fe en la Resurrección no resultó fácil ni rápida para ninguno, después de la evidencia de la pasión y muerte de Jesús.
Juan propone a Tomás como símbolo de estas dificultades por las que atraviesa todo cristiano para llegar a la fe. Juan propone que la Vida nueva del Resucitado no puede ser captada por los sentidos; sólo puede ser comprendida por la fe. La fe es la certeza de lo que no puede ser alcanzado por la evidencia, que va más allá de lo evidente.
Tomás, por el contrario, pide pruebas “evidentes” de la Resurrección. Jesús se lo concede y, entonces sí, confiesa “Señor mío y Dios mío”. Jesús, no obstante, se lo va a reprochar y llama bienaventurados a los que tienen (y tendrán) una fe más genuina, más pura: “bienaventurados los que crean sin haber visto”, es decir, los que acepten el testimonio de la vida y de la predicación de la Iglesia.
El pasaje del Evangelio leído hoy es como un corolario de todo lo escrito. Juan tiene un objetivo: llevarnos a creer en Cristo y, por la fe en Él como Señor, obtener la salvación.
Hoy, Domingo de la Divina Misericordia, por la institución de San Juan Pablo II, nos recuerda que todo ha sido y es por iniciativa de Dios, que Él nos amó (y nos ama) primero, que su misericordia es eterna.

