SOLEMNIDAD DE LA CENA DEL SEÑOR, JUEVES SANTO.
“… habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo…” (Jn. 13,1). En esta Última Cena de Jesús con sus discípulos la atmósfera era de amor, de intimidad, de recogimiento. En este ambiente, Jesús se puso a lavarles los pies a los presentes. Tuvo que ser muy impactante y sorprendente para los discípulos ver a Jesús realizar ese gesto, propio del último siervo de la casa. Hasta pasada la Pascua no lo comprenderían en su significado más profundo. Incluso hoy a nosotros nos puede resultar sorprendente ver a Dios en esa posición… Pero dejarnos lavar los pies por Cristo implica reconocer que no somos nosotros los que nos “limpiamos”, sino que es Dios quien nos hace santos. Qué misterio tan grande: Dios nos salvó sirviéndonos! Dios nos sirvió gratuitamente, Él nos amó primero. Esta es la paradoja cristiana: es Dios quien toma la iniciativa.
El amor y la humildad de Jesús toca su cumbre cuando, tomando el pan, dice “mi Cuerpo, entregado por vosotros…, mi Sangre derramada por vosotros”. Este Sacramento es el Memorial perpetuo de su pasión, el mayor milagro que había hecho, el mayor consuelo para los suyos de todos los tiempos. Se nos da Él mismo: la Eucaristía nos permite la identificación con el Amado, entrar en comunión con Dios mismo. Acaso merecemos tanto cuidado, tanto amor, tanta atención? Concluimos que el cristianismo es ante todo un don: Dios se nos da, se da a Sí mismo.
Nuestra respuesta es tratar de amar a los que Él ama y como Él los ama: “Os doy un mandamiento nuevo…” (Jn. 13,34). También nosotros, por Cristo, con Él y en Él, somos capaces de amar hasta el extremo.

También hoy es el día del Sacerdocio. Es necesario orar por la santidad de los Sacerdotes, para que sirvan cada día a la Iglesia con el mismo amor del Señor. Ellos no eligen qué hacer, sino que, como servidores de Cristo en la Iglesia, han de trabajar como la Iglesia les dice, donde la Iglesia les envía. Servidores que no hacen su voluntad, sino la voluntad del Señor.

