🕊️SOLEMNIDAD DE LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR AL CIELO. DOMINGO 17 DE MAYO.
Llegamos con esta fiesta a la conmemoración del final de la presencia histórica de Jesús entre la humanidad. San Mateo, al narrar este acontecimiento, acaba con el mandato misionero con el que Jesús envía a los discípulos a evangelizar y bautizar a todas las gentes, porque todos pueden ya beneficiarse de los frutos de la redención.
Y después, el Señor, “a la vista de ellos, fue elevado al cielo, hasta que una nube se lo quitó de sus ojos” (Hch 1,9), como narra la primera lectura en la liturgia de la solemnidad de hoy.
El mandato misionero del resucitado no va dirigido solo a los primeros discípulos, sino que es tarea y misión para todos. A nosotros nos corresponde anunciar en estos días, a ese mundo del que somos y en el que vivimos, el mensaje antiguo y nuevo del Evangelio. Se trata de llevar el Evangelio a todos los ámbitos y rincones de nuestro vivir: a nuestra familia, a nuestros amigos y conocidos, a nuestro trabajo diario, a la vida social, cultural, económica y política.
Deberíamos, pues, sentir el mandato misionero en primera persona. Ese “Íd y anunciar el Evangelio…” es para mí, cristiano. La promesa de “Yo estaré con vosotros…” es también para mí personalmente. Podríamos afirmar que la fiesta de la Ascensión, además de su dimensión cristológica, tiene un carácter misionero: todos hemos sido enviados a ser apóstoles y a no quedarnos “ahí plantados, mirando al cielo”.
Los primeros cristianos emprendieron, con la fuerza del Espíritu Santo y con ánimo decidido, la difícil tarea de evangelizar al mundo entero. Y esto, con persecuciones crueles. Pero lejos de desalentarse, ellos estaban llenos de confianza en Jesús resucitado y victorioso, quien les dijo claramente: “se me ha dado toda potestad en el cielo y la tierra” (v. 18), “y sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo”.
La Ascensión es la culminación del triunfo de Jesucristo y nos recuerda su asistencia que realiza el Espíritu Santo.
Esto es lo que nos llena de esperanza y confianza en nuestro testimonio cristiano en el mundo. La Iglesia existe para evangelizar. Y esta misión es su corona y su alegría. La Iglesia somos todos nosotros, bautizados. Hoy somos invitados a comprender mejor que Dios nos ha dado la gran dignidad y la responsabilidad de anunciarlo al mundo, de hacerlo accesible a la humanidad. Esta es nuestra dignidad, este es el honor más grande para cada uno de nosotros. Aquellos testigos privilegiados de la Ascensión, se postraron y adoraron al Señor Resucitado.
Por eso dice santo Tomás de Aquino que “lo que admiran mucho los hombres lo divulgan luego, porque de la abundancia del corazón habla la boca (Mt 12,34)”. Si sabemos adorar al Señor con devoción y agradecimiento, si le damos al Resucitado el homenaje que merece, nuestro testimonio ante los hombres será más auténtico y eficaz, porque brotará de un corazón lleno de Dios, como el de los primeros discípulos.

