SOLEMNIDAD DE JESUCRISTO, REY DEL UNIVERSO.
En este último Domingo del Año litúrgico celebramos a Cristo como Aquel “cuyo Reino no tendrá fin”, como Rey del Universo.
Este año, además, conmemoramos el centenario de la institución de esta Fiesta por Pio XI, que decía: que «es evidente que también en sentido propio y estricto le pertenece a Jesucristo como hombre el título y la potestad de Rey; pues sólo en cuanto hombre se dice de Él que recibió del Padre la potestad, el honor y el reino”.
San Pablo nos ha ayudado a trasladar la categoría del reino humano al Reinado de Cristo Jesús, al que pertenecemos nosotros. Cristo es para el Apóstol la plenitud de todos los títulos: imagen de Dios, primogénito de la creación, anterior a todo, punto de consistencia de todo el cosmos, cabeza de la Iglesia, el primer Resucitado…
También en el Evangelio se ve que el reinado de Jesús es distinto de todo reinado humano: la condición real de Jesús, que se manifiesta paradójicamente en su kénosis (hacerse nada) y en la donación de la propia vida, y no a través del poder político, militar o económico. Esta realeza de Cristo, manifestada plenamente en el trono de la Cruz, se convierte en motivo de burla para judíos y romanos. Ellos ponen en duda su capacidad salvadora. Sin embargo, las burlas no hacen más que evidenciar la insensatez de los que no le reconocen. Mientras que los que reconocen la eficacia salvadora de la Cruz de Jesús (el buen ladrón) son acogidos por Él en su Reino.
Hoy puede resultar paradójico hablar de Cristo como Rey, y sobre todo como un Rey clavado en una cruz. El mismo Jesús corregía continuamente la perspectiva de reinado como poder humano, económico, político o militar. Él había venido a no ser servido sino a servir y dar su vida en rescate por todos. Así es Cristo Jesús: un Rey que dedica su tiempo a los demás, que lava los pies a sus discípulos y que entrega por todos su vida en la cruz.
Eso significa obligatoriamente que sus seguidores debemos aprender su lección y no buscar dominio ni prestigio, sino dedicarnos al servicio de los demás, a comunicar esperanza, a evangelizar este mundo, es decir, a llenarlo de la Buena Noticia del amor de Dios, en un clima de humildad, servicio y entrega.
La Eucaristía, a la que somos tan gratuitamente invitados, es ya adelanto y garantía del Banquete de Bodas del Cordero, en el Reino del cielo, el Reino perdurable. Y a la vez tenemos la mirada en ese horizonte final, definitivo, que manifestará en plenitud cómo Cristo Jesús es Rey del Universo.

