SOLEMNIDAD DE SAN JOSÉ.
Podríamos preguntarnos en estaba solemnidad el por qué es una figura que ha suscitado tanta devoción en la Iglesia a lo largo de los siglos.
No hay hechos extraordinarios (socialmente hablando), no hay discursos sobresalientes (los evangelios no transmiten ninguna palabra suya), no hace ningún aporte histórico o cultural… Es un personaje discreto… Sin embargo, tiene un protagonismo sin igual en la historia de la salvación. Cuál es su mérito? Supo responder a los desafíos desde el silencio de la oración y realizó lo que Dios le pedía con la libertad que emana del amor.
San José estuvo atento a la voluntad de Dios que se esconde detrás de los acontecimientos y de las personas, por eso pudo escucharlo en la nebulosa de los sueños.
A través de estos descubrió su verdadera vocación: cuidar de Jesús y de María. Fue un hombre intensamente feliz porque cumplió en su vida la voluntad De Dios!
La oración del Santo Patriarca estuvo centrada en la contemplación del rostro de Jesús, al ritmo de su vida y de los acontecimientos ordinarios. “El Hijo de Dios está escondido para los hombres y sólo María y José custodian su misterio y lo viven cada día: el Verbo encarnado crece como hombre a la sombra de sus padres, pero al mismo tiempo, estos permanecen a su vez escondidos en Cristo, en su misterio, viviendo su vocación” (Benedicto XVI).
Nosotros también podemos vivir contemplando el rostro de Jesús, llevando una vida escondida en Cristo, creciendo a los ojos de Dios. San José pudo soportar la pobreza y olvido del pesebre, la crudeza y desarraigo del exilio y la aparente rutina de la vida diaria, porque supo poner su corazón en Jesús. Fue la suya una vida plena por la libertad del amor.
En este tiempo de Cuaresma, donde se nos exhorta a “descentrarnos” de nosotros mismos, San José nos enseña a poner a Jesús y a María en el centro de nuestra vida. Consiste en entrar en la lógica de la entrega, de la generosidad, del “segundo plano”, del silencio. Es pasar de una vida supeditada a nuestros gustos y cansancios, de nuestras “preocupaciones irrelevantes”, a buscar y cumplir la voluntad de Dios.
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