Si de verdad hemos acogido al Verbo Encarnado en nuestro corazón, tendremos en nosotros una fuente inagotable de Paz auténtica y perdurable. La Paz de la que hablamos es un don, un don que Dios nos ha dado en su Hijo Jesús. Por lo tanto, la Paz no es algo yuxtapuesto, externo y extraño a nosotros. Si es así, es quebradiza, débil, falsa: se agotará a las primeras dificultades. Ahora bien, si esa Paz, que es Jesucristo, está fundamentada en nuestra alma, teñirá nuestra vida en su totalidad, y de ahí influirá en las estructuras temporales de nuestro mundo. Es decir, la Paz no puede ir “de fuera a dentro”, no puede ser “algo impuesto”, porque entonces no es Paz de Dios, no es el Shalom, sino -todo lo más- orden, tranquilidad, serenidad. Y esto sin Dios, se quiebra. La Paz de Dios es la confianza en la protección del Rostro de Dios sobre nosotros, la seguridad de quien se sabe hijo de Dios y, por tanto, hijo también de la Madre de Dios.

En el Evangelio de hoy se nos presenta un maravilloso ejemplo de Paz de Dios en la actitud de María que, “guardaba todas estas cosas en su corazón”. No se trata de un silencio impuesto, perplejo, dominante, resignado ante la realidad sobrevenida. María “re-cuerda” (devuelve al corazón) las promesas de Dios y el cumplimiento de tales promesas. María ora en lo recóndito de su corazón todos los actos de la presencia de Dios en la propia vida, pasada y presente, y en la confianza de que esa presencia permanecerá en el futuro. La Paz que María tiene procede de su fe en Dios, que no defrauda, sino que se transforma en esperanza en que Dios cumple siempre sus promesas.

En este día Primero de Enero nos deseamos felicidad para todo el año, con deseos de prosperidad y amor. Está bien. Pero eso no lo tendremos en plenitud si le damos la espalda a Dios, si queremos solucionar sólo con nuestras ocurrencias los conflictos, si nos creemos autosuficientes para solucionar los problemas sobrevenidos.