SOLEMNIDAD DEL SANTÍSIMO CORPUS CHRISTI.

El Evangelio de hoy nos sitúa en la catequesis que el mismo Jesús pronuncia en la Sinagoga de Cafarnaún después del milagro de la multiplicación de los panes y los peces.

Jesús comienza hablando del maná en el desierto y acabará hablando del verdadero alimento que da la Vida divina, el verdadero Pan del cielo. Aquel maná prefiguraba, pues, el verdadero Pan del cielo que Dios iba a dar a los hombres por medio de su Hijo. Los que comieron el maná murieron, lo mismo que los que buscan a Jesús solo por haber saciado sus cuerpos. Por eso, el Señor invita a desear el verdadero Pan del cielo que sacia de Dios y comunica Vida eterna.

La fe en la presencia real del Cuerpo y la Sangre de Jesús bajo las especies sacramentales es uno de los elementos fundamentales del credo cristiano: no es plenamente cristiano quien niega la Eucaristía como la presenta la fe católica y apostólica.

La Eucaristía es Jesucristo mismo que se dona por nosotros enteramente. Recibirlo con fe transforma nuestra vida en un don a Dios y a los hermanos. Recibirlo con fe conlleva entrar en comunión con el Corazón de Cristo. Recibirlo con fe supone entrar en un dinamismo de amor y de paz, de perdón y reconciliación, de fraternidad y solidaridad.

En la Eucaristía recibida y adorada, el Señor nos fortalece, nos diviniza, nos envía a la misión: consolar y ayudar, perdonar y confraternizar, sembrar paz, alegría y unidad; en definitiva, ser portadores de la Luz de Dios.

¡Qué gran misterio! La Eucaristía, Don y misión, encuentro y envío, filiación y fraternidad.

La Eucaristía hace la Iglesia y nos conduce a la plenitud de cristianos.