La pedagogía de la liturgia de la Palabra nos ha presentado a Jesús como hombre tentado (1 Domingo naturaleza humana), como Hijo de Dios (2 Domingo: naturaleza divina) y hoy nos lo muestra como el Salvador que nos dará un Agua Viva (el Espíritu Santo) que nos hace saltar hasta la Vida Eterna (la Vida divina).

Jesús, sentado en el pozo, inicia una conversación con la samaritana que cambiará la vida de esta mujer y su autocomprensión. Jesús dice que tiene sed, de qué, porque en ningún momento el relato dice que beba agua. Tiene sed de la fe de aquella mujer: y quedará saciado. Y es que delante de una persona necesitada, Dios no puede contener su sed, que es mayor que aquella física. Jesús le pide beber a esa mujer para poner en evidencia la sed que había en ella misma.

Nos pasa también a nosotros mismos: el agua que nos sacia de verdad es el amor y el servicio a las personas que nos rodean. En aquel diálogo con la samaritana, ella reconoció que Jesús es el Mesías. Y esta experiencia fue la que le impulsó a comunicar a todos la maravilla que acababa de presenciar, la paz que da el saber que Dios la conocía como nadie, que no la condenaba, sino que le tendía la mano con ternura, magnanimidad y misericordia. La experiencia de la samaritana llevó a sus vecinos a Jesús, pero esta experiencia se hizo personal para cada uno de ellos: “sabemos que este es en verdad el Salvador del mundo”. Después de nuestra propia experiencia con «Jesús, que nos regala su Agua Viva, nos convertimos en apóstoles, no hacemos simplemente apostolado. La misión del apóstol es llevar a las personas ante Jesús y desaparecer…En este tiempo cuaresmal se nos exhorta a ir al pozo de la sanación para encontrarnos con Jesús, que nos dará gratuitamente el Agua viva que nos hará saltar hasta la Vida eterna. Con esta conversión al Señor, nos convertimos en apóstoles, enviados a dar testimonio de que la salvación es gratis, nos lleva a la Vida eterna y nos convierte en hijos de Dios.