TERCER DOMINGO DE PASCUA, jubilate Deo.
Seguimos avanzando por los caminos de la Pascua, y hoy queremos hacerlo acompañando a los discípulos de Emaús. Son aquellos que no reconocieron, en un primer momento, la luz de la Resurrección.
En medio de la oscuridad del Viernes Santo prefirieron dirigirse hacia su “zona de confort”, su propio pueblo y casa. Optaron por poner la esperanza en lo hogar, su trabajo, sus proyectos… Al creer que habían perdido a Jesús, creen que lo único que les queda es volver a su vida de antes. No consiguen abrirse a la verdadera esperanza, se sentían perdidos. Cierto que han oido que algunas mujeres no han encontrado el Cuerpo y que unos ángeles les han dicho que vive, pero ellos no lo pueden creer. Por esta falta de fe, “sus ojos eran incapaces de reconocerle”.
Caminando con Jesús resucitado dejan de mirar el pasado triste y comienzan a iluminar el presente. Se van dando cuenta de que tienen la oportunidad de recomenzar (“no ardía nuestro corazón…”). Nuestra vida no está perdida si vivimos junto al Resucitado. Èl nos explica las Escrituras y parte para nosotros el Pan.
En el encuentro con Jesús recuperan la ilusión. También nosotros, al escuchar sus palabras en el Evangelio y reconocer su presencia en la Eucaristía, podemos volver a experimentar la alegría de caminar junto a Él. El Resucitado en nuestra vida nos permite reorientar el rumbo de nuestra existencia, pues la razón, la voluntad y los sentimientos confluyen de nuevo y son renovados con la gracia de Dios.
El Señor no es ajeno a nuestra suerte. Aun cuando atravesemos momentos de desorientación. Él se hace nuevamente presente y nos ofrece un sentido más profundo del propio camino. Si buscamos un refugio al calor de Jesús resucitado, vemos renacer con fuerza la vocación y misión de discípulos.

