“No se turbe vuestro corazón”, es decir, que nada os preocupe. Jesús nos dice hoy estas palabras a nosotros, en medio de un mundo tan agitado e incierto.

El Buen Pastor, que contemplábamos el Domingo pasado, comienza con estas palabras reconfortantes un discurso muy profundo y personal. Lo pronuncia en las horas posteriores a la Última Cena, cuando los discípulos están angustiados y con miedo, porque el mismo Jesús les ha dicho que uno de ellos es un traidor y lo va a entregar, que el mismo Pedro lo va a negar, y que Él se va a un lugar donde no pueden seguirle… La angustia y la incertidumbre se apoderó de ellos.

En esta situación, Jesús pronuncia estas palabras reconfortantes. No les promete una situación idílica, utópica, sin dolor ni sufrimiento, sino crean en Él, que a pesar de lo que se avecina, no pierdan la esperanza. Ciertamente, Jesús se va, pero no es para desentenderse de ellos, sino para prepararles un sitio en la casa del Padre. Ese es nuestro destino: la comunión con Dios después de la muerte. La muerte es la gran mentira. La gran verdad es Cristo Resucitado, el camino de la verdad y de la vida, término de toda esperanza humana. Tomás entonces habla en nombre de todos: no se ha enterado de nada, ni sabe adónde va Jesús, ni cómo llegar allí. Pero Jesús intenta explicarles que el Padre y Él son uno, por eso “ver” al Hijo es ver al Padre. Sigue la confusión y ahora es Felipe quien pide “muéstranos al Padre y nos basta” Jesús les dice que eso que piden ya se ha cumplido. “Ahora ya lo conocéis y lo habéis visto”, dice Jesús. Es decir, ya tenemos todo lo que necesitamos para poder creer, para poder decir que vivimos en el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.

Deberíamos preguntarnos cómo nos encontramos, si vivimos en paz o si nuestro corazón está turbado, desanimado, triste. Creemos en Jesús también cuando nos asaltan las crisis y la incertidumbre?

¿Es Jesucristo para nosotros el único Camino, la auténtica Verdad y la verdadera Vida?

O ¿buscamos caminos aparentemente más cómodos, más fáciles, pero que no nos proporcionan el sentido de nuestra existencia?

Creer es fiarse. Creer no es comprender racionalmente. Nuestra fe no es racional, sino razonable. Eso conlleva acoger, fiarse, encontrarse con el Señor y considerarlo como Aquel que da sentido a nuestra vida. Podemos “ver” a Dios aceptando a Jesús. Él nos enseña a ser hombres e hijos. Todas las demás propuestas serán insuficientes. Sólo Jesucristo es el Camino, la Verdad y la Vida que nos lleva al Padre, que nos muestra al Padre como es, que nos introduce en la Vida del Padre