VIERNES SANTO EN LA PASIÓN Y MUERTE DEL SEÑOR
Jesús aceptó voluntariamente el abandono total en la cruz: “Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado?”. Lo hizo por todos nosotros, para ser solidario con nosotros en todo.
No hay dolor que haga desistir a Cristo de su propósito de salvación. Sus brazos clavados en la cruz acogen a todos los pecadores con un abrazo de infinitas ternura y compasión.
Jesús ha venido a la tierra para reparar el mal que el hombre se ha infligido a sí mismo. Quiere devolvernos la paz y la alegría. Con esperanza creemos que nuestros pecados no tienen la última palabra, porque es Jesucristo quien habla desde la cruz. Él ha caído para que nosotros nos levantemos siempre.
Jesús nos enseña que adentrarnos en la voluntad de Dios es caminar hacia nuestra libertad completa. En la pasión, la confianza en el Padre no desfallece, aunque la furia de los pecados de la humanidad entera descargue sus golpes sobre su Cuerpo. A veces nos parece que Dios no responde al mal, que permanece ausente, en silencio. Pero su respuesta está en la cruz de Cristo: una palabra que es amor, misericordia y perdón. Qué sorpresivo es Dios!: nos juzga amándonos.
En las llagas del Señor estamos seguros. Empapados en su Sangre redentora, embriagados de Dios, nada hemos de temer. Esta es la verdad del Viernes Santo: en la cruz, nuestro Redentor nos devolvió la dignidad humana y nos levantó a la dignidad divina. Por eso se han de afianzar nuestros deseos de clavarnos en la cruz de Cristo, de asociarnos a su redención, haciendo que nuestra debilidad y finitud sea lavada y enaltecida con la Sangre que brota del Cuerpo de Jesús.
Miremos al pie de la cruz, donde se halla la Madre dolorosa. Miremos que no hay dolor como su dolor. Jesús, en aquellos momentos, la necesitaba junto a Él y nosotros la necesitamos todavía más en nuestra vida como Madre de Misericordia.

